
—¡Ismael! —llamó un hombre—. ¿Eres tú, Ismael?
Subí a la superficie y me acerqué al borde del tanque. Había tres machos humanos allí. Uno de ellos era un técnico de la estación. A los otros dos no los había visto nunca. Ambos llevaban el cuerpo cubierto desde los pies a la garganta, lo que inmediatamente ponía de manifiesto que se trataba de extraños al establecimiento. Aquel técnico me resultaba despreciable, pues era uno de los que hacían observaciones groseras sobre las glándulas mamarias de Lisabeth. Ahora habló:
—Mírenle, caballeros. ¡Agotado en lo mejor de su vida! ¡Víctima de la explotación humana! —Se dirigió a mí—: Ismael, estos caballeros pertenecen a la Liga para la Prevención de la Crueldad contra las Especies Inteligentes. ¿Has oído hablar de ella?
—No —respondí.
—Intentan poner fin a la explotación de los delfines. Al uso criminal en el trabajo de la otra única especie inteligente de nuestro planeta. Quieren ayudarte.
—No soy un esclavo. Recibo una compensación por mi trabajo.
—¡Unos cuantos pescados podridos! —exclamó el hombre totalmente vestido situado a la izquierda del técnico—. ¡Te explotan, Ismael! ¡Te dan un trabajo sucio y peligroso y no te pagan en lo que vales!
Su compañero dijo:
—Hay que acabar con ello. Queremos dar al mundo la noticia de que la época de los delfines esclavizados ha terminado. Ayúdanos, Ismael. ¡Ayúdanos a ayudarte!
No necesito decir que me sentía hostil a los propósitos que expresaban. Un delfín menos sutil que yo tal vez lo hubiera revelado en seguida, estropeando así su plan. Pero yo dije astutamente:
—¿Qué quieren que haga?
—Embozar la entrada de la cañería —respondió el técnico rápidamente.
A pesar de mí mismo, gruñí de cólera y sorpresa.
