Tengo este empleo desde hace dos años y cuatro meses. En todo ese tiempo, no ha habido una interrupción digna de mención en la capacidad de entrada de las válvulas a mi cuidado.

Como compensación por mi trabajo («salario»), recibo una gran cantidad de comida. Se podría contratar a un simple tiburón por esa paga, por supuesto, pero, aparte de la ración diaria de peces, recibo algo intangible, como es la compañía de los humanos y la oportunidad de desarrollar mi inteligencia latente mediante el acceso a las cintas de información, a las ampliaciones del vocabulario y a diversos medios de adiestramiento. Como pueden ver, he aprovechado las oportunidades al máximo.

Apartado 2: La señorita Lisabeth Calkins

Su historial está archivado aquí. He tenido acceso a él a través de la máquina lectora montada al borde del tanque de ejercicios de los delfines. Mediante instrucciones vocales, puedo hacer que aparezca en ella cualquier dato de los archivos de la estación, aunque dudo que alguien hubiera imaginado que un delfín quisiera leer los historiales del personal.

Ella tiene veintisiete años. Por lo tanto, es de la misma generación que mis predecesores genéticos («padres»). Sin embargo, no comparto ese tabú cultural tan extendido entre la mayoría de los Homo sapiens contra las relaciones emocionales con mujeres mayores. Además, compensando las diferencias entre las especies, resulta fácil ver que la señorita Lisabeth y yo somos de la misma edad. Ella alcanzó la madurez sexual hace aproximadamente la mitad de sus años. Lo mismo que yo.

(Debo admitir que se la considera un poco pasada ya de la edad óptima en que las humanas toman un compañero permanente.



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