
Lisabeth, como me permito llamarla en privado, mide 1,80 metros de altura (los humanos no se miden en «longitud») y pesa 52 kilos. Tiene el pelo dorado («rubio») y lo lleva largo. Su piel, aunque oscurecida por la exposición al sol, es muy pálida. El iris de sus ojos es azul. Por mis conversaciones con los humanos, sé que la consideran bastante hermosa. Y por cuanto he oído estando en la superficie, comprendo que la mayoría de los machos de la estación sientan por ella el deseo sexual. Yo la considero hermosa también, en la medida en que soy capaz de responder a la belleza humana. (Creo que sí puedo.) No estoy seguro de sentir un auténtico deseo sexual de Lisabeth. Probablemente, lo que me turba es un anhelo generalizado de su presencia y proximidad, lo que traduzco a términos sexuales simplemente como un medio para que me resulte comprensible.
Desde luego, no tiene los rasgos que busco normalmente en una compañera (morro prominente, aletas esbeltas). Cualquier intento por hacer el amor con ella, en sentido anatómico, sin duda daría como resultado que Lisabeth sufriera heridas o por lo menos dolor. No es ése mi deseo. Los rasgos físicos que la hacen tan deseable a los machos de su especie (glándulas mamarias muy desarrolladas, pelo brillante, rasgos delicados, largos miembros inferiores o «piernas», etc., etc.) no tienen particular importancia para mí, y en algunos aspectos incluso presentan un valor negativo.
