Como en el caso de las dos glándulas mamarias de su región pectoral, las cuales sobresalen de su cuerpo de tal modo que sin duda deben pesarle mucho cuando nada. Es un diseño muy imperfecto, y yo soy incapaz de hallar la menor belleza en un mal diseño. Evidentemente, la misma Lisabeth lamenta el tamaño y situación de esas glándulas, ya que tiene mucho cuidado de ocultarlas siempre con una tira de tela. Los demás humanos de la estación, que son todos machos y que, por lo tanto, sólo tienen glándulas rudimentarias, que en ningún modo destruyen la línea de su cuerpo, las dejan desnudas.

Entonces, ¿cuál es la razón de la atracción que siento hacia Lisabeth?

Surge de la necesidad que experimento de su compañía. Creo que ella me comprende como ningún miembro de mi propia especie. Y me siento más feliz en su compañía que lejos de ella. Esta impresión nació ya en nuestro primer encuentro. Lisabeth, que es especialista en relaciones humanocetáceas, vino a St. Croix hace cuatro meses, y se me pidió que llevara a mi grupo de mantenimiento a la superficie para que le fuéramos presentados. Salté a gran altura para poder verla bien, e inmediatamente comprendí que ella era mucho mejor que los otros humanos que yo conocía. Su cuerpo más delicado, con un aire a la vez frágil y poderoso y al mismo tiempo lleno de gracia, suponía un cambio muy favorable en comparación con la torpeza de los machos con quien me trataba. Tampoco estaba cubierta con ese fuerte vello corporal que mi especie encuentra molesto. (Al principio, ignoraba que la diferencia entre Lisabeth y los miembros de la estación se debía a que se trataba de una hembra. Nunca había visto antes una hembra humana. Pero pronto lo supe.)

Me adelanté, establecí contacto con el transmisor acústico y dije:

—Soy el capataz de la escuadra de Mantenimiento del Orificio de Entrada. Tengo la designación uniestructural TT-66.



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