
—¿No tienes un nombre? —preguntó ella.
—¿Qué significa ese término, «nombre»?
—Tu…, tu designación uniestructural…, pero no precisamente TT-66. Quiero decir que eso no me parece correcto. Por ejemplo, mi nombre es Lisabeth Calkins. Y yo… —Meneó la cabeza y se volvió al supervisor de la planta—: ¿Es que estos obreros no tienen nombre?
El supervisor no entendía por qué habían de tener un nombre los delfines. Pero Lisabeth sí —se sentía muy preocupada por ello—. Y como estaba encargada de las relaciones con nosotros, nos dio inmediatamente un nombre a cada uno. A mí me bautizó Ismael. Ella me dijo que así se llamaba un hombre que se había ido al mar, había tenido muchas experiencias maravillosas y las había descrito en una historia que toda persona culta leía. Desde entonces, he tenido acceso a la historia de Ismael —el otro Ismael— y estoy de acuerdo en que resulta notable. Para ser humano, tenía un conocimiento extraordinario de las costumbres de las ballenas, aunque éstas sean criaturas estúpidas por las que siento poco respeto. Estoy orgulloso de llevar el nombre de Ismael.
Después de habernos dado nombre, Lisabeth saltó al mar y nadó con nosotros. Debo confesar que la mayoría de los delfines sienten cierto desprecio por ustedes los humanos, ya que son muy malos nadadores. Tal vez sea una señal de mi inteligencia superior a la normal, o de una mayor compasión, el que yo no sienta ese desprecio. Les admiro por el celo y energía con que se entregan a la natación y, teniendo en cuenta su dificultad, lo hacen bastante bien. Comparándolos con los de mi raza, ustedes se las arreglan mucho mejor en el agua de lo que nosotros haríamos en tierra. De todas formas, Lisabeth nadaba bien para ser humana y, con cierta tolerancia, ajustamos nuestro ritmo al suyo. Jugamos un rato en el agua. De pronto, ella me cogió por la aleta dorsal y dijo:
—¡Llévame a dar un paseo, Ismael!
