Tiemblo ahora al recordar el contacto de su cuerpo con el mío. Se sentó sobre mí, con sus piernas apretándome el cuerpo, y yo salí casi a la máxima velocidad, a nivel de superficie. Su risa me revelaba el gozo que sentía mientras yo me lanzaba una y otra vez por el aire. Era una exhibición puramente física, en la que no hacía uso de mi extraordinaria capacidad mental; podríamos decir que sólo me estaba pavoneando como delfín. Y Lizabeth se mostraba extasiada. Incluso cuando me hundía a una profundidad tal que la presión se hacía peligrosa para ella, seguía aferrada a mí y no demostraba alarma. Cuando volvíamos de nuevo a la superficie, gritaba de alegría.

Con mi pura animalidad había logrado un gran impacto sobre ella. Conocía bastante bien a los humanos para interpretar su expresión satisfecha y su sonrojo al volverla a la costa. Ahora, se me planteaba el problema de hacerle ver mis rasgos más elevados, de demostrarle que, incluso entre los delfines, yo era extraordinariamente diestro para aprender y muy capaz de comprender el universo.

Ya entonces estaba enamorado de ella.

Durante las semanas siguientes, mantuvimos muchas conversaciones. No presumo al decirles que pronto comprendió lo extraordinario que yo era. Mi vocabulario, ya notable cuando ella llegó a la estación, aumentó rápidamente con el estímulo de su presencia. Aprendí de Lisabeth, que me dio acceso a cintas de información que nadie creería que un delfín deseara conocer. Desarrollé un conocimiento del medio ambiente que incluso me sorprendió a mí mismo. En muy poco tiempo, alcancé el nivel de realización del que disfruto ahora. Creo que estarán de acuerdo conmigo en que puedo expresarme con más elocuencia que la mayoría de los humanos. Confío en que la computadora grabe estas memorias sin traicionarme con la inserción de una puntuación inadecuada o equivocándose en la buena ortografía de las palabras cuyos sonidos pronuncio.

Mi amor por Lisabeth se hacía más profundo, más rico.



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